jueves, 18 de agosto de 2016

Se posicionaron en nuestro territorio sin hacer mucho alarde
La invasión chilena en Lima

* El vencimiento de la resistencia peruana después de la derrota en las batallas de San Juan y Miraflores, logró la dispersión de las tropas compuestas por los reservistas civiles.
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Los chilenos se prepararon para entrar al centro de Lima y ocupar los principales edificios. 

El 17 de enero de 1881, luego de un desfile que muchos espectadores coinciden que fue en silencio y sin mucha pompa, desde el Parque de la Exposición hasta la Plaza de Armas, pasando por el Jirón de la Unión, los diferentes integrantes del ejército invasor se distribuyeron en los cuarteles de Lima, que fueron abandonados tras la derrota. Sin embargo, esta situación les produce inquietud pues temen alguna emboscada: “En la misma tarde (del 17) la artillería ocupo el cuartel de Santa Catalina, donde tuvo lugar una ceremonia conmovedora. Se izó la bandera chilena hasta el asta y se tocó despacito (sic) el himno nacional [...] En el cuartel se harán prolijas investigaciones para descubrir minas que se dice existen ahí”, publicó El Heraldo del 4 de febrero de 1881.


Los peruanos no hicieron esperar sus muestras de rechazo
17,000 chilenos ingresaron a nuestro territorio

El simple hecho de decir que se tocó “despacito” el himno nacional chileno, puede considerarse como un claro sentimiento de hostilidad por parte de nuestra ciudad hacia ellos. Un total de 17,000 hombres invadieron Lima y por supuesto la capital no estaba preparada para atenderlos. Pasaron tres días para que se enarbolara por primera vez la bandera chilena en Palacio de Gobierno y sin lugar a dudas, este resultó ser uno de los actos más dolorosos que vivió nuestro país.
Un incidente que vale la pena mencionar es el de la entrada del general Manuel Baquedano al centro de Lima, pues un cierto número de balas silbaron entre el cortejo, hecho que como es natural causo un poco de emoción. Esto se debió a que los prisioneros de derecho común rompieron las puertas de la prisión (cerca de la Plaza de Armas) y tras apoderarse de algunas armas desataron el mencionado tiroteo. Posteriormente, los soldados del regimiento Buin y los de la Guardia Urbana los redujeron. Al finalizar este hecho, Baquedano se instaló en Palacio de Gobierno desde donde dirigió una carta al presidente chileno, firmando “...desde el Palacio de los Virreyes”, lo describe una satisfacción por encontrarse en el poder en la Perla del Pacifico.


Leyenda: General Manuel Baquedano fue recibido con un tiroteo

El temor y desagrado de la población peruana ante la presencia chilena, se manifestó con una actitud de reserva, de encierro y lejos del contacto con ellos. De hecho, se menciona que “las celosías permanecieron cerradas y no se abrió una sola ventana de las que daban a la calle: Este fue el sentimiento general de la población. Muchos eran también los heridos que se cerraban en sus casas” temerosos de recibir alguna represalia. “Lima esta todavía como en viernes santo. No corre sino uno que otro carruaje; los carros del ferrocarril sin caballos, pues Piérola los tomó bajo recibo; las tiendas cerradas y muchas casas como si acabara de morir el dueño. En cambio recorren las calles todos los comerciantes en calducho”, publicó El Heraldo del 4 de febrero de 1881.



Según la historiografía chilena su ingreso fue considerado como la de “guardianes y salvadores”; pero esta versión fue desvirtuada por las palabras de un viajero alemán de la época; Hugo Zoller, quien mencionó la incomodidad de la población y que nadie salía de noche y si por alguna razón lo hacían era con revólver en mano (Viajeros Alemanes del Perú, Estuardo Nuñez, pag. 134). Incluso se menciona una referencia al sabio Raimondi: “cuando el enemigo entro a Lima, el sabio tomó las colecciones cedidas al Estado y se las llevó a su casa, colocándolas bajo la protección de la bandera italiana [...] y así las salvo de la furia del vencedor que se extendía por igual sobre cosas y personas” La actitud de Raimondi indica que el miedo ante la ocupación fue compartido por los extranjeros.
Desde la capital chilena, Santiago, se empiezan a dar las directivas sobre la ocupación, pues era menester que se instale un gobierno que negocie con ellos y ceda la rendición incondicional con la entrega de territorios de manera formal. A pesar de ello, decidieron mantener al alcalde de Lima Rufino Torrico como una manera de infundir confianza en la población ante alguien que ya era conocido. Sin embargo, en todas las demás oficinas públicas y la Aduana se instalaron los chilenos para controlar el ingreso de los impuestos y demás. Con el pasar del tiempo y al notar la actitud distante de la población, Chile siente que el fin de la guerra no está próximo, pues con Bolivia la situación era distinta. Derrotada esta nación, se enfrían las relaciones por obvias razones entre Perú y Bolivia y este país llega a acuerdos bipartitos con Chile, sin consultar la opinión de nuestro país.

Sustituyeron a nuestras autoridades por funcionarios chilenos
La distribución de las oficinas públicas y bodegas del ferrocarril

Desde el día anterior a la ocupación chilena o sea desde el 16 de enero, ya encontramos a los chilenos dando directivas de carácter administrativo para Chorrillos, donde se establecieron depósitos de víveres y municiones en los baños. Al desembarcar en el Callao, el 18, distribuyeron las bodegas del ferrocarril, primero para depósitos y luego como cuartel para un regimiento. Las oficinas públicas funcionaron en la Comisaría de Marina y en la Diputación del Comercio y las autoridades peruanas fueron sustituidas por funcionarios chilenos, quienes de inmediato izaron sus banderas. Respecto a los oficiales dispersos después de la batalla, se dieron bandos en el que se les instaba a registrarse, entregar sus armas y dar su dirección y firmar una declaración en la que se establecía “No tomar las armas contra Chile en la presente guerra” No obstante, este compromiso tiene un valor relativo, ya que los que lo firmaron lo hicieron obligados por las circunstancias. No firmarlo podía equivaler a la muerte, al destierro, a la cárcel o a algún otro castigo, de allí que muchos íntimamente mantenían la convicción de acudir al llamado de la Patria, pues era vox populi que Cáceres estaba organizando la resistencia desde la Sierra.




Se niegan a seguir sus funciones y deciden no trabajar
El Perú se resiste al dominio chileno
La administración chilena también consigno la pena de muerte para los que ejecuten actos de depredación o violencia contra los habitantes de esta capital o los que anden armados por las calles, excepto
para los miembros del ejército invasor o la guardia urbana. Sin embargo, estas disposiciones muchas veces sirvieron para deshacerse de posibles sospechosos.  Para Chile, al principio, la toma de Lima significaba el fin de la guerra y la rendición incondicional del Perú; pero tuvieron algunos lapsus y se equivocaron al calcular. No contaron con la respuesta del pueblo y las autoridades dictatoriales y menos con las del gobierno provisorio de García Calderón. El Perú vencido rechaza de plano la finalización de la guerra a cualquier precio y así la supuesta “ocupación pasajera” se transforma en permanente y el cuerpo administrativo peruano no sigue en funciones porque eso sería apoyar al enemigo, de allí la negativa a continuar desempeñando los cargos respectivos y no por un abandono de deberes como plantea la historiografia chilena. Francisco Encina, en su “Historia de Chile” menciona que “el trabajo y el comercio no se normalizaron a pesar de los esfuerzos gastados por los chilenos”. Esta afirmación, toca ya a la población civil, que ante la imposibilidad de una resistencia de otro tipo, acude a la pasiva, al no hacer, como rechazo al ocupante. A esto se agregan los cupos impuestos que en la mayoría de casos llevaron a muchos comerciantes a la quiebra.
Finalmente, es importante leer las apreciaciones del Encargado de Negocios de España en Lima, sobre lo que sucede en la capital:
“En lo eclesiástico no se ha ejercido presión alguna; pero ni el Arzobispado ni los dignatarios de la Catedral toman parte alguna en las funciones religiosas [...] se han suprimido completamente el toque de campanas de todas las Iglesias y conventos hasta las horas de oración.
Las tiendas y almacenes, cerrados en los primeros días de ocupación, se han abierto de nuevo. Las casas permanecen cerradas, procurando las personas más visibles y especialmente las Señoras no asomarse a los balcones ni salir a la calle. Las tertulias, reuniones y teatro han cesado completamente.
Los chilenos consideran estas demostraciones como actos de hostilidad”
“...los soldados, quienes cuando quieren los Jefes aparecen sometidos a una disciplina rigurosa, comenten todos los días atentados de todas clases contra los habitantes pacíficos de la población. [...] no hay seguridad alguna de día ni de noche fuera de las calles más céntricas de la población, precisamente cuando aún pocos días antes de su entrada era Lima una población modelo por la seguridad de que gozaba dentro de las casas y hasta los sitios más apartado”
Como se observa, los tiempos duros ya se venían; pero con el pasar de los años (1881 a 1884) la ciudad tuvo que adaptarse forzosamente a esta situación.




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